jueves, 31 de marzo de 2011

La vieja foto


Magnífica esta vieja foto. Y más teniendo en cuenta que fue realizada, como figura al dorso, en 1944. Lo que no figura es, como encontramos en algunas fotografías antiguas, el sello o nombre del establecimiento o del fotógrafo que realizó la toma.
Lo que si sé es donde se jugaba el partido, no porque reconozca el sitio, que hoy resulta totalmente desconocido, sino por simple trasmisión oral. El portero que parece no poder impedir el gol era mi abuelo materno, José Herrera Fuente, gran aficionado a los deportes, especialmente el ciclismo.
El campo era Los Arenales, que estaba situado, según he podido averiguar, hacia la mitad de lo que es hoy la calle Castilla de Santander, recién rellenada la marisma y lejos aún de convertirse en la zona tan poblada en que se convirtió en los años 60.


sábado, 26 de marzo de 2011

En la orilla opuesta

Uno de los accesos al polígono de Raos rodea un trocito de la antigua marisma que fue rellenada  para hacer el aeropuerto y las carreteras. Un trocito de marisma que sobrevive entre la A67, la S10 y el ferrocarril y donde, según la época del año, se pueden encontrar allí establecidas, imperturbables a la locura circulatoria que les rodea, distintos tipos de aves. La garza y varias ánades son muy habituales, pero también es fácil contemplar cormoranes y una pareja de fieles cisnes.
Lástima que ayer, al atardecer, cuando me acerqué con la cámara para intentar captar su silueta y su reflejo en el agua, la garza se alejó a la orilla opuesta.


























Ya entrada la noche, me entretuve en capturar las luces de la ciudad y del puerto que se reflejan en las oscuras aguas de la bahía. Ante tantos destellos, y sin apenas viento que les meza, los botes fondeados en ésta zona pasan desapercibidos en la penumbra y no se volverán visibles hasta que se escondan los resplandores empujados por la claridad del amanecer. De nuevo la silueta y su reflejo estaban en la orilla opuesta.



jueves, 24 de marzo de 2011

Muchas gracias

A una semana para viajar a India, y como se trataba de un recorrido con el fin de hacer fotografías, pensé en la posibilidad de compartir las imágenes del viaje. Recordé los reportajes que, como colaborador, había enviado al diario Alerta, allá por los finales de los años 70 y principio de los 80, desde lugares tan dispares como África o Laponia en invierno. Entonces había enviado los negativos y los textos por correo, o en mano gracias a amables pasajeros de aviones, o por valija diplomática,…  
Ahora con las nuevas tecnologías e internet las cosas podían ser más fáciles, así que decidí hacer un blog, a modo de experimento…
¡Qué éxito! En los 18 días de viaje tuvo casi 2.500 visitas. Así que decidí seguir “colgando” ocurrencias y, sobre todo, compartiendo fotos.
Hoy ha llegado, paso a paso, a las 4.000 visitas así que debo ser agradecido con los que me siguen, los que me leen o los que, de alguna manera, dan sentido a este blog.
Muchas gracias

lunes, 21 de marzo de 2011

Perigeo y apogeo

Son términos que denotan puntos opuestos, pero que estos días han concurrido a la vez en mi jardín.
Del perigeo en la órbita lunar nos hemos enterado todos, lo hemos comprobado en el alto coeficiente de las mareas, especialmente con las espectaculares bajamares. Pero no hemos podido verle la cara a la luna lunera, que nos anunciaron estaría más radiante y vistosa, ahora que luce llena. Cosas de los cielos nubosos de esta tierra. Pero, aunque fuera en creciente y con la ayuda de un telescopio terrestre –esos para mirar aves-, ya se había dejado fotografiar desde mi balcón.





















El apogeo, como “punto culminante de un proceso”, está sucediendo en un peral, el tempranero “peral de San Juan”, ese que da ricos perojos y que estos días se viste de blanco pleno de flores. Madrugador árbol que no pierde un día de primavera para dar envidia de su elegancia mientras otros, como la vecina higuera, se esfuerzan con sus brotes anuales. Eso sí, su blancura no le durará mucho, pronto perderá el color al caerse sus pétalos para que allá por junio degustemos sus frutos.






domingo, 13 de marzo de 2011

Amaya


















Dicen los expertos, los que saben leer en las piedras la historia pasada, los que perciben en la tierra las huellas de quienes pasaron por el lugar, los que divisan los rescoldos de la batalla cientos de años después, que sobre estas peñas se edificó un pueblo con sus casas y sus defensas amuralladas. Hogar de cántabros, aquellos que quiso someter Augusto, que gustaban de encaramarse en la peñas, protegidos por murallones naturales desde donde divisar la llanura, la que siglos después tomara el nombre de castilla. Y allá arriba, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, hace 2.000 años, fueron sometidos por el ejército del Imperio Romano camino del Cantábrico, sus casas arrasadas y sus hogares reducidos a escombro.

Y dicen los expertos, los conocedores de la historia, que en este mismo lugar, de aquellas cenizas, surgió de nuevo otro pueblo. Otro Amaya que durante varios siglos continuó siendo morada de  generaciones. Y creció y, de nuevo, se hizo importante. Pero, allá por el siglo VIII, otro gran ejercido, en esta ocasión de musulmanes  en plena expansión de sus dominios, a espada y fuego volvió a hacer añicos la población y arruinar las vidas de los sobrevivientes.










Hoy todavía, sobre la peña, hileras de escombros de piedra recuerdan calles y casas. Algún arbolito lucha por prosperar. Y debajo, al pie de los farallones, rodeado de campos de cultivo y con medio centenar de almas, el pueblecito  de Amaya sigue manteniendo habitada la zona.


jueves, 3 de marzo de 2011

Bufones

Desde el Purón al Cabra, allá en el oriente asturiano, la Sierra Plana de Borbolla, pliegue atrapado entre los Picos de Europa y el Cantábrico, precipita su espalda norte sobre el mar. Escasa franja caliza vestida de praderías y paso obligado a través de los siglos entre las tierras bañadas por el Deva y la villa de Llanes. Camino de Santiago, ferrocarril, carretera y poblaciones se  arrebujan en tan pequeño espacio.  Costalera moldeándose a golpe de ola, embiste a embiste y que se muestra en sus fases para así ver, en una sola vida, lo que el agua tarda siglos en tallar.

Desde Puertas, en días de mar de fondo, se le oye soplar. Acercándote a  Arenillas con el noroeste dándote en la cara se les ve. Los bufones les llaman por el estruendo del agua al escapar entre las rocas. Acantilados ahuecados, entrañas horadadas,  golpeadas con violencia por las olas, rocas que, con el tiempo y los temporales, las marejadas se comerán. Como El Cobijeru, “playa desde donde no se ve el mar”, a dos pasos de Buelna, el pueblo que luce junto al camino altiva araucaria.
Entre ambas poblaciones, ya se adueñó la mar de otros roquedales  para regalar las ensenadas de Buelna y de Novales. Ya lo decoró con los arenales de Vidiago, Entremares y Buelna , salpicados  con islotes, hitos donde reconocer el antiguo límite entre tierra y mar. Espectaculares rincones donde los Islotes de los Picones, posadero de gaviotas, vigilan el acantilado que cae sobre la playa de Pendueles.  
Si el aire viene del nordeste y la mar está en calma, no soplan los bufones, pero brilla el sol, el agua es más transparente y se multiplica la gama de verdes del paisaje. Entonces, el viajero se hace caminante por los senderos, jugador en las boleras, romero en las fiestas, parroquiano en las tascas y tertuliano con los vecinos, pero, sobre todo, poeta mirando al mar desde los cantiles.