martes, 13 de septiembre de 2016

Volver


Algunos lugares tienen un significado especial, marcan un hito en la vida y se quedan profundamente grabados en la memoria. Otros, simplemente pasan al baúl de las experiencias y los aprendizajes personales. Así que, con el paso de los años, hay sitios a los que ya no se puede ir, las veces anteriores fueron tan intensas que es imposible, es irrepetible, ahora solo se puede volver. Volver a recordar, a rememorar –incluso con un poquito de nostalgia- y a sentir la satisfacción de llegar de nuevo hasta allí, de confirmar que existen los lugares donde nacieron los recuerdos.
Como a la Morra de Lechugales, la cima mas alta del Macizo Oriental de los Picos de Europa (2.441 m). Una de mis primeras cumbres de alta montaña a donde llegué el 20 de julio de 1975 tras haber partido desde Áliva por el Pico Cámara, el Prao Cortés y el Cortés y descendido después por la larga Canal de Lechugales al pueblo de Tanarrio y Lon. A su cima volví unos años mas tarde, en invierno, otra de esas aventuras que jamás se olvidan. El 6 de enero de 1978 salimos de los Los Llanos por Mogrovejo hasta la base de la Canal de Lechugales. Vivaqueamos en cueva Masera y al día siguiente iniciamos la ascensión, primero por roca y luego por nieve y hielo. Al caer la tarde, unas nueve horas después, llegamos a la parte alta y vivaqueamos, de nuevo, junto a la cima. El 8 de enero atravesamos todo el macizo por Ándara  para descender por Bejes hasta La Hermida.

En las proximidades de la Morra en julio del 75


                                 Vivac de Cueva Masera el Día de Reyes del 78

Iniciando la ascensión




                                 Cumbre de la Morra de Lechugales el 8 de enero de 1978

















De   nuevo en la cima, unos "añitos" mas tarde, 10 de septiembre de 2016.


Hace unos días he vuelto, precisamente por el recorrido inverso que atraviesa el macizo, el largo camino desde el Jito de Escarandi –antaño aquí no se podía llegar en coche-. Despacio, mas despacio que entonces –la mochila que llevo ahora va muy cargada de tiempos vividos- pero con mucha ilusión y –como en las otras ocasiones- buenos compañeros “de cordada”. De nuevo vi las otras cumbres desde la cima, la fuerte pendiente de la canal y hasta el lugar donde pasamos aquella noche de enero temerosos de que nos tapara una nevada.







 El pico Silla Caballo, tan característico, especialmente visto desde Liébana.

























La   Morra, peculiar cima que corona el Macizo Oriental.
Explanada donde realizamos el segundo vivac en enero del 78.


 Liébana y, al fondo, Alto Campoo.


 En primer término, el pico Cortés. Detrás el Prao Cortés, la ruta del verano del 75.


 El Macizo Central de los Picos de Europa, con sus impresionantes desniveles.


 El valle del Duje que separa los dos macizos. En primer término, el Escamellao.














En primer término, La Viorna y el Jano. Detrás, Bistruey, Curavacas, Peña Prieta...


 Tama, Potes y la Sierra de Peña Sagra.

























Pico Valdominguero.


 Collado del Valdominguero con el Macizo Central.




 Al fondo la Sierra de Cuera y mar Cantábrico. En primer término el Macondiu.






Fotografías realizadas el 10 de septiembre de 2016

lunes, 5 de septiembre de 2016

Explorar… descubrir


Viajar es explorar, empaparse de los lugares, del paisaje y el paisanaje, a veces incluso –a diferencia del turista- prescindiendo de lugares populosos que aparecen en todas las guías.  Lisboa es territorio para explorar, ciudad paseable donde las haya, que ofrece siempre nuevos lugares, que permite, una y otra vez, nuevos y agradables descubrimientos. Y es que, entre calle y calle, por las “calçadas” y los “becos”, puede perderse el viajero en amenos paseos y sugestivos descubrimientos.
Pero Lisboa es también música. Además de un extenso programa público y privado casi diario, aquí y allá se encuentra músicos ofreciendo lo mejor de su arte por la voluntad o unas guitarras portuguesas junto con un cantante de fados atrayendo a clientes hacia la terraza donde cenar. Por eso, cuando te pierdes por sus calles, a veces terminas siguiendo las notas que oyes tras una esquina y, sin querer –afortunadamente-, mezclándote con lugareños en un escenario popular –“palco” que se dice en portugués- como el que tiene la asociación “Mouradia” y donde actuaba la cantante y compositora brasileña Jord Guedes.
Conciertos gratuitos – o por lo que cuesta una cervecita que el ambiente te anima a tomar- donde hacer nuevos descubrimientos como los buenísimos músicos cubanos de “Havana Way”. Marchosos ritmos cubanos interpretados por Yanier Martines (bongós y voz), Víctor Zamora (teclado) y Leo Espinoza (tocando el bajo con una mano y la percusión con la otra) con improvisaciones de jazz como cuando -de entre el público- invitaron a acompañarles al músico portugués Salvador Sobral.
Pero no hay buen menú sin el remate de un gran postre y esta visita a la “Ciudad de la Luz” lo tuvo, aunque de noche, en el Terreiro do Paço –Praza do Comerço- disfrutando con la Orquesta Gulbenkian, dirigida por Jean-Marc Burfin y el pianista Mario Laginha, interpretando –entre otras piezas- Rhapsody in Blue ante una multitud silenciosa.















Fotografías realizadas en septiembre de 2016